“Ser agnóstico significa que todas las cosas son posibles, hasta Dios, hasta la Trinidad. Este mundo es tan extraño que todo puede pasar o puede no pasar. Ser un agnóstico me hace vivir en un mundo más grande y fantástico. Me hace ser más tolerante” (Borges).

Me llamo Jesús y soy agnóstico. Ni estoy orgulloso ni avergonzado por ello. Me siento absolutamente normal, como si serlo fuera o debiera ser lo más natural del mundo y la única posición lógica de las personas razonables. De hecho, ni siquiera recuerdo cuándo empecé a serlo. Solo sé que después de una infancia gregaria, como todas,  un día leí a Lucrecio, a Voltaire, a Unamuno, y después, como era inevitable, a Kierkegaard; seguí con el Conde de Volney –qué hermoso su libro Las ruinas de Palmira, hoy más en ruina que nunca por causas religiosas, en cruel y bárbaro castigo a sus reflexiones–; y continué  con Darwin, con Borges, con Dawkins, y de nuevo con Borges, siempre con Borges, y con tantos y tantos otros  escritores lúcidos y sensatos… Y así, poco a poco, me hice agnóstico, sin  apenas darme cuenta, como ese personaje de Molière que hablaba  en prosa sin saberlo. Nunca he ejercido activamente como tal, ni recuerdo que lo sea en mis relaciones, ni busco prosélitos. Como el alcoholismo, lo practico en la intimidad, reservada y prudentemente, con amigos. 

Sin embargo, hace unos días, el presidente del modesto y honesto club de debates al que pertenezco, al que acudimos cada dos sábados unos pocos sabios y yo para divagar inútilmente sobre los temas eternos que mueven el mundo: la política, la ciencia, la tecnología, el azar y la necesidad, las artes y la historia…, me propuso un debate sobre la fe y el escepticismo, en el que yo, –qué le vamos a hacer–, defendería la postura agnóstica e incluso la atea si se ponía a tiro. El título del debate sería: ¿Por qué creer hoy día? 

No vi ningún motivo para no aceptar. Al otro lado del encuentro tendría a un médico, un filósofo y un teólogo –y, sin embargo, amigos–, que serían las voces de los creyentes. La noble justa se celebró en un agradable clima de respeto casi sinodial, y mis tres amigos tuvieron, sinceramente, unas intervenciones excelentes.  El texto que puedes leer a continuación, estimado lector, es más o menos el que se corresponde con la mía. Si te encuentras con ánimos para hincarle el diente, aquí te lo muestro:

Cuando se me propuso que interviniera como parte contratante  de la primera parte de este debate, es decir, como no creyente en la existencia de Dios, acepté encantado porque pensé que el problema no era tanto para mí, que también,  como para la parte contratante  de la segunda parte, mis tres amigos presentes, ya que son  ellos los que tenían que aportar la carga de la prueba como titulares de una fe basada en la existencia de Dios. Yo no tenía que demostrar nada a este respecto. No hay demostraciones negativas. Como decía Bertrand Russell, no se puede demostrar que una tetera no está en órbita alrededor de Saturno, por mucho que sospechemos que, seguramente, no lo está.

Pero al mismo tiempo, también me sentí preocupado, porque la fe, para muchas personas, es una forma de pensar, de sentir y de vivir que no tengo muy claro que los no creyentes tengamos el  derecho a intentar debilitar. La fe en un Dios que premiará sus sufrimientos y su lealtad con la continuidad de una vida eterna después de la muerte, es una idea demasiado consoladora para mucha gente como para tratar de  eliminarla con razonamientos o argumentos. Pero tranquilizo enseguida a los más tibios: si no consigo convencer ni a mi esposa, que dice que me va a encargar una misa funeral de Estado cuando me muera, más difícil lo debo tener fuera de ese ámbito familiar.

Así que, en el fondo, creo que no tengo muchas oportunidades de obtener  ningún tipo de reconocimiento a mi posición personal. De todas formas, la verdad es que yo tampoco pretendo convencer a nadie. Por el contrario, como he dicho muchas veces, no me importaría ser yo el convencido, aunque solo sea porque el futuro para los creyentes parece mejor,   más largo y más promisorio que para los incrédulos.  Y yo ya estoy en edad de asegurarme el mejor futuro posible.  Si Vargas Llosa ha descubierto el amor, o al menos otra alternativa,  a los ochenta años, ¿por qué no puedo descubrir yo a Dios a los 72? La vida da muchas vueltas. Hay ejemplos de conversos ilustres: San Pablo, Paul Claudel, Curzio Malaparte, Papini, Graham Greene, Chesterton… ¡Nadie renunciaría a pertenecer a esa nómina si estuviera a su alcance! De hecho, como ya cité en mi anterior charla sobre el agnosticismo, no creo en Dios, pero lo echo de menos.  O por decirlo ahora en forma de plegaria: Señor, hazme saber si existes; y si no, también.

Lo que yo pueda decir hoy, no va por tanto contra nadie ni debe entenderse como un ataque a la fe religiosa (aunque no siempre mi animosidad lo pueda evitar), sino como una sincera reflexión personal sobre la fe o su falta de ella. No me siento en absoluto en poder de la verdad, al menos, como me ha enseñado el matrimonio, no de toda; simplemente, soy agnóstico porque no me “creo” la existencia de Dios.  No tengo ningún motivo ni conocimiento que me incline a pensar en él como algo real. Y la verdad es que preferiría lo contrario: si creyera en Dios mi vida tendría un sentido, cosa que ahora no tiene, si exceptuamos el poco ilusionante de transmitir mis genes a mis herederos (aunque conociendo mis genes, no sé si merece la pena dicho propósito).

No quiero, pues,  tanto convencer como demostrar que “nosotros”, los descreídos,  tenemos razones muy fundadas para pensar de forma contraria a las creencias religiosas, a todas las creencias que tienen  a Dios como fuente de su fe.  Hoy vengo a exponerlas de nuevo, con firmeza, pero desde luego sin agresividad, porque reconozco que soy “un agnóstico educada y tibiamente militante”.  De hecho, cuando era joven y había leído un par de libros, creía tener muy claro mi ateísmo. Hoy, ya al final del recorrido, habiendo vivido y leído muchos más años y libros de los que puedo creer, me siento más agnóstico que ateo, pero no rehúyo  la amistad de creyentes influyentes por si acaso  necesito su carta de presentación ante el Dios de los católicos el día que, quizá, me toque presentarme ante Él.

La pregunta con la  que se nos ha convocado a este debate  es: ¿Por qué creer hoy? Es decir, si la interpreto bien: ¿qué motivos tenemos hoy para seguir creyendo en un Dios, para mantener las creencias de la religión? La pregunta es absolutamente pertinente en estos tiempos en los que la tecnología y los avances científicos parecen reducir cada vez más el ámbito del hecho religioso, además de estar inmensos en unos cambios sociales en los que los valores tradicionales parecen estar desapareciendo. En esencia, como decía antes,   esta pregunta parece estar más dirigida a la otra parte que a mí,  y será ella, por tanto,  la que tendrá que responderla. Por mi parte, yo puedo tratar de responder a su contraria: ¿por qué no deberíamos creer hoy? Y es lo que voy a intentar.

Llevamos miles de años debatiendo sobre Dios y todavía no hemos llegado a un acuerdo, ni parece que lo vayamos a hacer hoy. El bienintencionado diálogo entre la razón y la fe no ha cuajado grandes avances desde el famoso encuentro entre Thomas Henry Huxley y el obispo Wilberforce, en el primer debate público sobre la evolución natural, a raíz de la aparición del libro de Darwin que revolucionó la biología, El origen de las especies. La fe, por un lado,  y la razón y la ciencia, por otro,  son dos líneas paralelas que parecen destinadas a no encontrarse nunca.

Así que no creo que  tenga mucha importancia si en el día de hoy tampoco llegamos a ninguna conclusión que alumbre a la humanidad definitivamente. Como diría Joubert, más vale debatir sin llegar a una conclusión que llegar a una conclusión sin debatir. El debate siempre nos permite conocer lo que piensa el otro y eso siempre es bueno en este país tan poco acostumbrado a escuchar.

En el debate de hoy vamos a escuchar a personas que han sido bendecidas con la fe y quizá a alguna que, como yo,  no ha tenido esa suerte. Lo único que puedo prometer por mi parte es sinceridad y honestidad de pensamiento. Mis oponentes, tan sinceros como yo, van a defender la existencia de Dios a través de su fe; yo voy a defender la imposibilidad de conocer su existencia desde un escepticismo en el que me siento vitalmente cómodo, aunque veremos qué pasa cuando llegue la hora del tránsito. Al parecer, por lo que se cuenta, en esa trágica hora puede ocurrir de todo, porque ni el cuerpo ni la mente están para mantenerse muy coherentes.

El debate sobre la fe ha sido siempre el origen y fundamento de todas las discusiones porque representa el comienzo (pero no el final) de todas las discusiones acerca de la filosofía, la ciencia, la historia y la naturaleza humana. Es también el comienzo (pero no el final) de todas las disputas sobre la vida correcta y la ciudad justa, que diría más o menos un activo ateo, Christopher Hitchen. Por eso yo creo que toda búsqueda de la verdad debería estar previamente liberada de la fe si queremos alcanzar un resultado inatacable, que responda a demostraciones empíricas y objetivas, no solipsistas.  En mi opinión la fe religiosa ha sido una rémora en ese propósito científico. Y no creo que sea fácil de erradicarla para siempre, precisamente porque somos criaturas que todavía estamos evolucionando, y mientras exista el miedo a la muerte, a las tinieblas, a lo desconocido y a los demás, el hombre seguirá confiando en ella. ¿Quién teniendo fe, querría perderla conociendo el incierto destino a largo plazo de los que no la tenemos?

Por eso el primer problema real con  que nos encontramos, en esencia, es siempre el misterio de la fe. ¿Por qué unos tienen fe y otros no? ¿Quién se merece la fe? ¿Qué hay que hacer para encontrarla? ¿Es la fe por si sola una demostración de la existencia de un Dios que la justifica o solo un armazón vacío de contenido? ¿Acepta el creyente que puede estar equivocado?  Si la fe es una gracia divina, ¿qué responsabilidad tiene el que no la recibe? ¿Y qué mérito el que la recibe?

La ciencia duda permanentemente de sus logros, y eso hace que avance. La ciencia no acaba nunca de hacer nuevas preguntas a las que hay que ir buscando respuestas. Esa es su razón de ser y su éxito paulatino. La fe, en cambio, permanece estática, impasible al paso del tiempo y a los descubrimientos que parece deberían hacerle reconsiderar su dogmatismo. ¿No choca la fe cada vez más con las teorías científicas que poco a poco van explicándonos el mundo? Eso no parece importarle. Tertuliano decía ya hace mucho: credo quia absurdum (creo porque es absurdo). Es decir, los dogmas de la religión cristiana deben apoyarse con una convicción tanto mayor cuanto menos racionalmente comprensibles sean. O San Agustín: credo ut intelligam (creo para entender). O lo que es lo mismo, primero lo creo todo; luego ya intentaré entenderlo… Un misterio, como digo.

Pero, al margen de la fe que se sostiene a pesar del ataque de la ciencia y de la evidencia, el problema objetivo, el que la justifica,  es también fundamental: ¿existe realmente Dios? Porque una cosa es  creer en Dios, que es algo absolutamente legítimo (siempre que no trate de imponerse por la fuerza o el adoctrinamiento), y otra que Dios exista, que no es ni científica ni objetivamente demostrable. Si Dios no existiera, la fe no tendría ningún sentido ni soporte. Así que, ¿existe Dios?

A esa pregunta que se ha hecho todo el mundo alguna vez en su vida,  no se puede contestar más que desde la propia individualidad: Dios existe para el creyente y Dios no existe para el ateo. Una obviedad y una tautología, mil veces repetida. Los agnósticos, en tierra de nadie,  somos los que nunca acabamos de decidirnos. No creer en Dios pero no negarlo activamente es una posición relativamente cómoda en la vida para mí, ya que relega el problema hasta el final y me permite vivir como un ateo. Es cierto que si Dios no existe, el agnóstico y el ateo nunca podrán disfrutar del éxito de su pronóstico, a uno por dudarlo y al otro por negarlo; pero si Dios existe, ambos tendremos que estar en cambio toda la eternidad  escuchando el “ya te lo dije” de los amigos creyentes. Un mal negocio desde cualquier punto de vista para mí y mis conmilitones.

Y a pesar de esa falta de premio final,  ¿por qué soy agnóstico?, o incluso, ¿por qué no lo somos todos?  En el fondo,  después de todo un agnóstico o un  ateo es una persona que tiene el mismo respeto por Dios que el que tiene un cristiano por Zeus, por Thor, por Baal o por el Becerro de Oro, por no hablar de  los dioses grecorromanos. Todos somos ateos de la mayoría de los dioses en los que la humanidad ha creído. Lo que pasa es que algunos ampliamos a esa lista  un dios más. En cuanto los creyentes de este último se decidan a abandonar  a  éste también, ya no habrá dioses. ¿Por qué éste va a ser más verdadero que los anteriores, hoy ya abandonados y olvidados?

Voy a tratar de resumir algunas de mis reflexiones sobre por qué no soy creyente en ningún Dios:

  • porque no puedo creer que todo este escenario tan  cósmico se haya hecho para nosotros solos como protagonistas. Es tal la desproporción entre nosotros y el universo, que no es comprensible nuestra supuesta importancia de criaturas divinas. Borges sostenía esta misma perplejidad comparando el breve pecado humano con el enorme castigo eterno con el que se nos amenaza. Nos creemos demasiado importantes para ser, en realidad, tan insignificantes.
  • porque no veo a un Dios detrás del mundo, sino un universo que no comprendo todavía del todo. No puedo llamar Dios a lo que no entiendo. Eso sería muy fácil. No hay evidencias serias y claras de su existencia, y no creo que ese Dios oculto pueda pedirnos que confiemos en unos testimonios muy poco constatables históricamente.
  • porque si Dios es supuestamente perfecto y completo no necesitaba para nada crear al hombre. ¿Qué motivos podría tener para ocurrírsele algo así, tan fuera de su contexto?
  • porque el hombre me parece tan imperfecto que no creo que sea obra de un Dios perfecto. ¿Cómo podría pedirnos Dios un comportamiento tan alejado de nuestra naturaleza como el que nos pide, según religiones? ¿Qué le pueden importar a un Dios tan supuestamente inabarcable los ridículos y vulgares detalles que le atribuyen, como, por ejemplo, dictarnos qué debemos o no debemos hacer con nuestra vida sexual, cómo debemos adorarle o cuáles son nuestros pecadillos diarios? ¿Por qué iba Dios a atender unas plegarias y otras no? ¿Por qué iba a curar unas enfermedades y otras no?  ¿Por qué iba a preferir la victoria de unos sobre otros? ¿Qué sentido tendría esa vigilancia universal, detallada, infinita, puntillosa y permanente sobre toda la humanidad desde el principio de los tiempos? Esto no puede tener ningún sentido. Además, ¿por qué Dios necesitaría ser empalagosamente adorado?
  • porque no entiendo una obra divina en la que el resultado más generalizado sea la miseria, el dolor y la injusticia que soporta la humanidad desde el principio de su aparición. ¿Para qué se nos mandó aquí? ¿Para ganarnos el cielo luchando y sufriendo? ¿No lo podía haber concedido, generosa y graciosamente, desde el principio, sin pasar por este infierno?
  • porque si creo en la evolución darwiniana, y yo creo en ella, el hombre no aparece como producto de una creación divina, sino como la lenta consecuencia de un proceso evolutivo de un primate beneficiado con un cerebro un poco más desarrollado que ha tardado algunos millones de años en alcanzar su actual complejidad. En ese largo proceso evolutivo, ¿cuándo desaparece ese último primate y aparece el primer hombre? ¿Y qué pecado original podía arrastrar este pobre primer ancestro para necesitar el rescate, nada menos, que de un hijo de Dios, que además tiene que morir cruelmente como un delincuente? Acéptenme que este hecho fundacional del cristianismo es de lo más duro de asimilar para una persona que trata de seguir siendo sensato en sus pensamientos a pesar del deterioro de la edad.
  • porque la religión, a lo largo de la historia, ha sido más fuente de hostilidades que de paz. Miles de guerras han tenido como leit motiv la diferencias religiosas, poco compasivas por cierto: las cruzadas, la Inquisición, las Torres Gemelas, el conflicto de los Balcanes, el conflicto irlandés, el terrorismo yihadista…siempre con Dios como bandera de enganche. No parece que militar en una fe haya sido muy saludable para la integridad física, se profesara o no esa fe.
  • porque la aparición de la religión proviene de un periodo de la prehistoria de la humanidad en el que nadie tenía la menor idea de lo que sucedía y por qué sucedía. Hoy día, el menos culto de mis nietos sabe mucho más sobre la naturaleza que cualquiera de los fundadores de las religiones.
  • porque muchas religiones  afirman como propio a su  Dios y falso el de los demás.
  • porque la religión minusvalora la mente y la libertad individual, y si éstas se ejercen contra el dogma, hay que atenerse a las consecuencias. Es decir, por un lado la doctrina te asegura que eres libre para elegir, pero por otro te dice que te condenarás si ejerces esa libertad en un sentido contrario al obligado. Si el hombre ha sido creado con una insatisfacción y curiosidad  insaciables, ¿cómo puede castigarse que trate de actuar de acuerdo a su naturaleza? Eso no sería libertad, sino imposición incomprensible, aparte de una contradicción fragrante.
  • Y, por último, porque la honradez humana, la solidaridad humana, el auténtico humanismo no se deriva de la religión; lo precede. No es necesario creer para ser ético y solidario. El hombre, en mi versión,  no es un producto de Dios; es Dios el que es un producto del hombre. Los hombres modelan a los dioses a su propia imagen, afirmó Jenófanes.Y sin otra justificación que su necesidad de apoyarse en ellos para soportar su soledad, su desgracia, su deseo de trascender a la muerte física  y su necesidad de encontrar un sentido a la vida. Freud dice en El porvenir de una ilusión que la religión nace con el evidente deseo principal de escapar a la muerte o sobrevivir a ella.

Por razones de tiempo y espacio, la cuarta dimensión de Einstein, no voy a hablar del origen remoto y prehistórico de las religiones, su uso interesado como herramientas de poder y dominio, sus muchas representaciones y trágicas consecuencias. Ni tampoco de las tres religiones reveladas, las más extendidas actualmente,  las llamadas del Libro, tan próximas  y al mismo tiempo tan hostiles entre sí, por no hablar de sus divisiones internas, de las que el catolicismo es una parte más. Por eso prefiero hablar de la otra parte del decurso humano: la parte de la ciencia que incansablemente va buscando la verdad, sea cual sea, sin tener como punto de partida a Dios. Y me quiero detener en un momento muy especial de esa búsqueda: la aparición del libro El Origen de la Especies, de Darwin, un auténtico descubrimiento fundacional, una epifanía.  En ese libro, como saben, Darwin demuestra inequívocamente que la evolución de la vida, la selección natural de los seres vivos,  elimina la posibilidad de una creación del hombre tal y como la explica la Biblia. Eso contradice las ideas creacionistas  aceptadas hasta ese momento  y le discute con fundamentos inapelables su origen divino. La vida en la tierra nace de forma muy  elemental en la sopa química primigenia y se va transformando con el paso del tiempo en toda la diversidad que hoy conocemos. Después de Darwin es imposible sostener racionalmente los mitos genésicos de la Biblia. No hay paraíso terrenal, ni árbol del bien y del mal,  ni Adán y Eva… Y si no hubo Adán y Eva no hubo pecado original. Y si no hubo pecado original, toda la justificación de un Cristo que se inmola en la cruz como salvador de la humanidad pierde también su sentido.

La ciencia no puede demostrarlo todo, es cierto, pero poco a poco va avanzando, con altibajos, pero en un sentido racional. La vida, los seres vivos, estamos formados por los mismos elementos simples, por los mismos ladrillos básicos que forman las estrellas. La expresión de que somos polvo de estrellas es absolutamente literal. Estamos formados por hidrogeno, por oxígeno, por carbono y    por otros materiales más complejos como el hierro y silicio, que nacen en el corazón de las estrellas y que luego se diseminan por el universo cuando una estrella llega al final de su vida y explota, eyectando al espacio casi toda su masa. No hay nada divino en esto: es pura física y química. Einstein y Hawking lo explican muy bien.

No obstante, la objeción clásica de la fe para sostener su última ratio permanece: ¿Cómo se pasó de la nada a algo? ¿Qué había antes del Big Bang? Y en  la Tierra, ¿cómo pasamos de algo físico y químico a algo biológico?        No lo sabemos todo todavía y quizá no lo sepamos nunca, pero tengo más confianza en la ciencia que en explicaciones metafísicas o sobrenaturales, como se ha ido demostrando a lo largo de la historia. Mientras no conozcamos el origen del Big Bang, podemos llamarlo Dios, pero eso será una mera hipótesis que nos llevaría a despejar el origen de ella, y así sucesivamente. Y aunque la aceptáramos, me temo que ese Dios  no tendría mucho que ver con el que hemos recreado e imaginado en las religiones.

Es cierto que no se puede confiar exclusivamente en la ciencia y en la razón, ya que estos son elementos necesarios pero no siempre suficientes para explicarlo todo, pero sí que desconfío de todo aquello que contradiga a la ciencia o atente contra la razón.  Si tengo que curarme de       una grave enfermedad, pondré más confianza en las manos de un buen cirujano que en la imposición de manos del Papa, dicho sea con todo respeto.  Dios no puede ser la excusa para no seguir buscando la verdad  a estos desafíos científicos que todavía tenemos pendientes. Mi fe en la ciencia es tan fuerte como la del creyente en Dios. Y yo la puedo comprobar de vez en cuando; el creyente, no, salvo milagro (nunca mejor dicho).

Todas estas adscripciones a una fe o a una ciencia se desarrollan en cada uno de nosotros a través de nuestro cerebro. Cada uno de nosotros somos lo que es nuestro cerebro. Lo que llamamos mente es nuestro cerebro. Lo que llamamos conciencia es nuestro cerebro. Lo que llamamos personalidad es nuestro cerebro. Por tanto, lo que llamamos fe tiene su origen o su negación en nuestro cerebro. La neurociencia nos dice que es altamente improbable que tengamos alma, pues cuanto pensamos y sentimos no es ni más ni menos que el parloteo electroquímico de nuestras neuronas. Nuestro sentido de la identidad, nuestros sentimientos y nuestros pensamientos, el amor o repudio que mostramos a los demás, nuestras esperanzas y ambiciones, nuestros odios y temores, nuestras habilidades y torpezas, todo lo que sabemos o ignoramos…, todo eso muere cuando el cerebro muere.

Comprendo que mucha gente se niegue a admitir este punto de vista,  pues no solo nos priva de una vida más allá de la muerte, sino que parece reducir el pensamiento a mera electroquímica. Y sin embargo ese parece ser el consenso de los neurocientíficos.

A mi modo de ver hay dos formas de vivir el agnosticismo o si se quiere, la no creencia en Dios: la nihilista, la atea sin valores, la del “si Dios ha muerto, todo está permitido” de Nietszche; o la humanista, aquella que hace que actuemos como si al final de nuestra vida tuviéramos que someternos a un juicio divino. Yo trato de enfocar mi vida de esta última forma, de manera que pueda superar ese examen si al final se produce, pero no por temor a ese incógnito Dios, sino por estar convencido de que no es necesaria su existencia para tener una vida ejemplar, ética,  o al menos intentarlo. Ser buena persona y desear el bien de tu prójimo  –no sé si podría decir con propiedad amar a tu prójimo—no es una religión, pero puede ser suficiente para aquellos que no tenemos un Dios que nos lo demande ni mejor fe a la que agarrarnos.

En resumen, que mi contestación a la pregunta inicial ¿por qué creer hoy?,  sería que hoy merece la pena creer en la esperanza de un mundo mejor, en la solidaridad humana, en seguir ampliando nuestros conocimientos  y en el avance de la ciencia para alivio de nuestros males y miserias. Ser agnóstico no significa no ser espiritual. No ser creyente en un Dios, en el Dios que te ha tocado por tu contexto social o geográfico, no es ninguna limitación. El amor, el arte, la literatura, la música… nos hacen mejores sin que sea necesaria más ayuda.

Y para acabar  permitidme que me ponga un poco sentimental y hasta cursi para deciros que aunque ya me he hecho a la idea de vivir una sola vida,  albergo la esperanza de perdurar un poco más en el recuerdo de las personas que me han querido a lo largo de ella, incluso en el de mi  familia y amigos. Si al final resulta que Dios existe y me somete a juicio, estoy seguro de que hará honor a su fama –la del Nuevo Testamento, no la de Antiguo, por favor—y me perdonará. Si es así, espero tener la oportunidad de hacerle la gran pregunta: Y todo esto ¿para qué, por qué, qué necesidad había? Confío que al ser prácticamente judío, Dios tenga su buen sentido del humor.

Muchas gracias.

Y así acabó mi intervención, a la que siguieron las de mis tres oponentes y el debate abierto con el resto de asistentes.  Pero esa crónica, lógicamente, ya no me corresponde glosarla a mí. Solo puedo reiterar que sus tres intervenciones fueron brillantes y sentidas, como algunas del coloquio al que dieron lugar. No obstante, como estaba previsto,  ni yo los convencí ni ellos a mí. Y es que Emerson tenía mucha razón: nadie convence a nadie solo con argumentos. Quizá no haya otra solución que  pedirle a Dios que se tome la molestia de resolver personalmente esta sempiterna disputa existencial. Si existe, ¿por qué no hacerlo?